domingo, 28 de agosto de 2016

Despertar en la calle

Un despertar resulta un momento muy delicado. 

Se pueden haber tenido periodos breves de vigilia previa, epifanías puntuales, un ligero atisbo durante la oscuridad de la noche cerrada, pero aún, probablemente, no habrá salido el sol: en nuestro fuero más interno, sabemos que no era el momento, que no había llegado la hora de la luz. 

Un despertar, además, generalmente sucede de forma muy distinta a la pensada, porque la vida, cuando se da, resulta una chica algo rebelde que no responde muy bien a las imposiciones obsesivas y a planes férreos. Te golpea por su naturalidad con toda la candidez deslumbrante de la evidencia. 

Por lo general, proviene de un suceso muy pequeño, casi insignificante, y sin relevancia para nadie más que uno mismo. Puede tratarse de una conversación, un gesto, un beso o una simple decisión como entrar en una calle desconocida que jamás habrías pisado en otro momento y, simplemente, seguir ese camino y no cualquier otro. 

Sea como sea, supone un punto de «no retorno»: caes en la cuenta de que has despertado cuando miras atrás y te encuentras al otro lado de la frontera, el desconocido. El de la luz o la incertidumbre.

Solo.

—Don Fernando, disculpe que le moleste, pero lo que se dice «solo», así de manera estricta y precisa, no está —habló la voz aflautada y segura de sí misma, aunque algo adormilada, desde el recuerdo o el futuro. Para mi enorme sorpresa, el busto de Lovecraft me miraba en el asiento del copiloto—. ¡Qué morro tiene!
—¡Caramba! —Dije—. Esto sí que es una novedad. ¿No estaba usted en un letargo perpetuo? Suponía que jamás volvería a charlar conmigo....
—Eso sólo dependía de usted, quizá es ahora el momento. De todos modos, ando aún algo somnoliento, así que no me haga mucho caso. Como todo lo que le ha pasado de un tiempo a esta parte, le digo, al igual que se dice usted a sí mismo, que «iremos viendo cómo lo llevamos». Pero, por el momento, estoy feliz de estar de vuelta.
—Pues me alegro mucho de verle querido amigo, le he echado de menos. Le quiero mucho, ya lo sabe.
—¡Haga el favor de no ponerse intensamente místico y, sobre todo, alégrese de verse a sí mismo. Es usted el que ha dado el paso principal.
—¿Por qué todo el mundo tiene miedo de la manifestación franca y entregada, pasional, de los sentimientos positivos? En verdad, no lo entiendo. 
—Porque tienen miedo de que luego las cosas buenas se les escapen de las manos, desaparezcan y el dolor evidente que supondría esa pérdida. El amor, la mayoría de las veces, puede doler más que una buena patada en la entrepierna. Por cierto, tenga cuidado con esta calle, que no hemos entrado nunca por aquí y vaya usted a saber cómo se las gasta el tráfico: no se me engorile o bloquee.

Y proseguí todo lo despacio que mi ímpetu incrédulo me permitía, con el pie siempre en el freno, muy alerta por si acaso, aunque en realidad no hacía falta. Conducía, conducía con ganas y entrega, con ilusión y seguridad, con la iluminación del despertar por esa calle donde conviven edificios antiguos con otros recientemente reformados.

De una ventana cerrada por vacaciones aún en pleno agosto pende un adorno navideño, frente a la oficina de correos un chino sentado en chanclas descansa de la prisión que supone su ultramarinos que nunca cierra junto a un herbolario de lujo que nunca abre. Una muchacha en flor pasea su sonrisa, su vestido de gasa y sus curvas ante la mirada de un musculoso tatuado que saca a sus perros de pelea con entrenamiento de falderos pachones de sofá. Mientras avanzo con mi coche, casi nuevo, un anciano en pantalón corto y calcetines blancos enciende su pipa de alta gama mientras saluda a un ejecutivo de traje sastre que ni en agosto consigue sudar. Las palomas cambian de tejado en vuelos cortos como un grupo de amigos alterna los after works que los almanaques de ocio clasifican con cinco estrellas por su brunch sostenible. El tiempo corre más despacio sin detenerse en su prisa. Huele a churros y a cocina fusión, a pasado y futuro, a tradición y progreso, a rock duro entre campanas de iglesia que entona un cantautor sentado al piano, a encantador mercado de ocasión y segunda mano en plena forma.

Huele a Madrid, ese enorme barrio de siempre que se pone a la cabeza del mundo anónimo y por golpe de fortuna. El de la calle que todos llevamos dentro, la de ser uno mismo, sin tapujos, por una vez. La alquimia perfecta de contrarios que funciona aunque nadie da un duro por ella.

—Pues ya estamos dentro, Don Fernando. Territorio comanche. Lo desconocido de Star Trek. Le veo diferente, más... Usted.
—Sólo puedo ser yo. No puede ser de otra manera.
—Buf, vaya trabalenguas más absurdo. Creo que debería buscar la sencillez lírica y existencial en esta nueva etapa.
—Nunca puedo ser del todo sencillo, aunque me esfuerzo, no crea.
—Y por eso le quiero, amigo mío, por eso le quiero.
—¿Me quiere? ¿Y ese derroche de emotividad?
—No va a ser todo crítica irónica... A veces hay que expresar lo que se siente. No viene mal. Y sí, le quiero porque se hace querer.
—Bajar por esta calle nos ha cambiado a ambos, por lo que parece.
—Tiene toda la pinta. Y ahora que ya estamos aquí ¿qué hacemos?
—Planificar improvisando sobre la marcha según vengan las cosas. ¿Qué opina?
—Eso suena contradictorio: planificar sobre la marcha. Pero tampoco suena mal.
—Nada mal, querido amigo, nada mal. Alquimia de contrarios. Eso siempre se nos ha dado bien. Mezclar agua y aceite.
—Imposible, no se puede mezclar agua y aceite: y no nos ha salido muy bien hasta el momento. ¿Qué le parece si nos pasamos a las disoluciones, como zumo de limón con azúcar?
—Ahora que lo dice, eso me suena aún mejor. ¡Probemos! Por cierto, no me ha dicho nada de mi coche nuevo... ¿Le gusta?
—Me encanta, no sé si le va a quedar algo pequeño, entre tanta luz y tanto monstruo.
—Ya iremos viendo, siempre hay soluciones y disoluciones. Buenas noches, querido amigo.
—Buenas noches, Nueva Orleans.

Hasta la próxima grabación y recordad que siempre hay algo bueno y malo en la Verdad, todo el mundo tiene una.



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