lunes, 31 de octubre de 2016

Mi pequeño y eterno Halloween con sus pelis de miedo

Siempre me ha gustado Halloween por su espíritu que, en inglés, se define tan precisamente con el término: Spooky [escalofriante, aunque utilizado con cierta acepción que también lleva a no tomarse en serio dicho escalofrío]. Escalofrío de los que mola; el que, como admitía a alguien vital en mi vida, me retrotrae a la sensación de niño asustado por evidencia sobrenatural aunque, de manera paradójica, reconfortante porque también abre paso a que la imaginación se tome permiso para volver a la niñez. los cuentos de hadas, la inocencia, los mitos buenos. 

Parafraseando la película de Tim Burton, la Pesadilla antes de Navidad. La sensación de un estremecimiento ambivalente, repleto de humor —en ocasiones, humor negro, admito—, que he intentado transmitir en mi libro de relatos, Montaña rusa

Ahora comienzo a recuperar ese espíritu invencible de Peter Pan observando a los más jóvenes: mis hijos y un par de adolescentes que, como en el verso de Gil de Biedma, vienen a llevarse la vida por delante. Con frecuencia me admiran sus deslumbrantes alas mágicas de mariposa, algo feérico [adj, relativo o perteneciente a las hadas] en su alma. Una cualidad que, por el bien del mundo, espero no pierdan nunca. Consiguen —algo harto complejo sin mis monstruos— devolverme a la niñez y la creencia de que los sueños pueden manifestarse, que la magia auténtica existe y se aparece en los momentos más insospechados para ofrecernos esperanza, Luz, fe y redención, tanto propia como de la realidad agreste que nos cerca.  

Pero acaban de sonar las doce campanadas. Comienza Halloween, mis hijos duermen, la fiebre ha impuesto un paréntesis en mis delicias conversacionales nocturnas, a la casa la engulle el silencio del último día de octubre y el busto de Lovecraft, emulando torpemente al cuervo de Edgar Allan Poe, me ha tentado para combatir el insomnio con una buena peli de miedo. Curiosamente, de esas que me gusta ver acompañado porque las cosas que a uno le apasionan, si careces de buena compañía, no apasionan tanto. Así les ocurre a los buenos vinos: en una copa solitaria no se disfrutan de la misma manera. Pongo la tele y observo sorprendido, entre la oferta, un largometraje que había visto en cine lo que yo consideraba hace poco pero, al parecer, no mido bien el pasado. Ahí la tenía, en abierto. Dispuesta. Y ahí la tengo, intentando en vano llamar mi atención mientras escribo este Buenas Noches, Nueva Orleans


Me resulta curioso y embriagadoramente epifánico. Me acompañó una chica para nada interesada en el género. La velada estuvo repleta de detalles dignos de mención que alternan el sainete con el absurdo y no me voy a detener a enumerarlos en este momento. Me los guardo para un buen relato de humor estúpido. 

Al salir de la sala de proyecciones, cenamos en una cadena de comida basura porque no quedaba casi nada abierto. Su recalcitrante impuntualidad nos hizo llegar tarde al pase previsto pero la muchacha tenía hambre y es adicta a ese tipo de preparados. Me sentía devuelto a la adolescencia por patadón de macarra en dos cursos superiores que deja tu balón irrecuperable entre las ramas de un árbol. 

Una cita verdaderamente desastrosa. [Aclaro: quien dice chica, muchacha... quiere decir sinónimo de miembro del sexo opuesto al que suscribe; hembra humana para entendernos. Querido lector, la edad física de mi acompañante quedaba lejos de la que dichos términos puedan traerte a la mente]. Pero bueno, experimenté salidas mucho peores con relaciones altamente asentadas. En aquel momento, no tenía nada mejor que hacer. Ella es agraciada. Sus comentarios, ácidos y agudos. Además, me apetecía ver la película en cuestión. Al final, por no ejercitar esa costumbre —al parecer, muy sana y gratificante para algunos, curiosamente, siempre solteros— de acudir al cine solo, me estaba perdiendo un montón de películas que apelan a mis pequeñas obsesiones de subcultura. 

Mientras devoraba su enorme burrito plastificado, que realizaba una invocación arcana a la muerte por arteriosclerosis sobre el plato de papel, se dispuso, visiblemente decepcionada, a aporrear el sensible arpa de lo masculino con sus dedos untados en grasa de cheddar recalentado. 

—Me ha sorprendido mucho que un tío como tú, acostumbrado a ver este tipo de pelis todo el rato y que escribes de estas cosas, salte y grite tan acojonado. Deberías quedarte igual. A mi no me ha dado miedo. Así un tío tan grandote y tan profundo...
—Bueno —contesté—, voy a ver una peli de miedo para asustarme y pasármelo genial con eso. Esa es la idea. Si no, sería como ir a la playa y no disfrutar del mar porque nadas habitualmente en la piscina olímpica del barrio. Si no te asustas y te ríes, no es divertido. ¿Esperabas que fuera el típico macho inalterable? La masculinidad no es eso... 
—No sé, supongo que visto así, tiene lógica —contestó—. ¿No quieres eso? —Mi taco de estercolero a precio de jamón ibérico bostezaba, medio mordisqueado, sobre la bandeja húmeda de bayeta viscosa. 
—Todo tuyo —contesté, con ganas de meterme en la cama. Pero a dormir. 

Joder, spooky. No es tan difícil.

Hay que decir, para beneficio de mi salud, que se comió la mayor parte de la cena y, al menos, espero que eso le provoque recordar aquella velada con cierto cariño. Hoy, por ejemplo, cuando han pasado los meses suficientes para que un estreno se ofrezca entre las novedades en abierto de la televisión por cable, me recorre por la comparativa un escalofrío de los que molan, de los que hacen vibrar las alas de mariposa. Es Halloween. La vida va cambiando y, algunas cosas, pese a quien le pese, me merezco disfrutarlas a pesar de todo. Me canso del pegamento que dejan las etiquetas. 

¡Bú! 
¡Disfrutad de la fiesta! ¡Poned 
una peli de miedo! Recordad 
recoger en honor de la memoria
las calabazas que brillan, los besos
perdidos en el tímido crujir
de manos que se chocan al buscar
palomitas y el grito en la butaca,
la risa, dulce monstruo que no hiere.
La vida otorga gran ventaja al llanto.
¡Fuera culpa! ¡Disfrutad de la fiesta!
Naced, de los recuerdos, un fantasma.
¡Bú!

Hasta la próxima grabación y recordad que siempre hay algo bueno y malo en la Verdad: todo el mundo tiene una. 

Feliz Halloween.

Buenas noches, Nueva Orleans.







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