miércoles, 7 de marzo de 2018

Paneros

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A quien nos conozca mínimamente no le sorprenderá que mantenga con mi buen amigo y mejor escritor —o viceversa— Antonio Daganzo largas conversaciones, denominadas "cafés telefónicos", por las mañanas como receso en la rutina. Tratan sobre cualquier tema, en especial cultura y específicamente literatura. 

En estos últimos meses hemos charlado respecto al genial y tranquilo asomarse al abismo lírico de Paco Caro, el vértigo desnudo y valiente de Javier Lostalé, la fecundidad profunda de Pepe Elgarresta, los concursos, la profunda simbología de la posmodernidad encarnada en mi obsesión por los taxis, el trabajo de pulido en una obra, el feminismo en la poesía actual, la novela como reinterpretación ficcional de la realidad y no un mero pasatiempo narrativo... 

Tantas charlas, tan escaso tiempo. 

Ayer, desde la música clásica —cuánto aprendo con el vasto saber de mi amigo en este campo— pasamos inevitablemente a la poesía. No recuerdo cómo desembocamos en los Panero. Quizá fue respecto a la regularidad de una obra y mi interés personal aunque venido a menos por el "malditismo". 

Conocí a Leopoldo María Panero con apenas dieciocho años. Firmaba mi segundo libro en la caseta de Huerga y Fierro. Para mí, que admiraba aquella pluma que tanto me había influenciado, aquello era lo máximo. Se pasó todo el rato callado, perdido en otro mundo, vete a saber cuál. Se quitó los calcetines y de mi libro sólo dijo que le había gustado porque sacaba las tripas del demonio a la página. 

O algo así. Yo no estaba en mis cabales entre fascinación idólatra y náuseas por la peste a pies; como todos los genios su locura resultaba contagiosa. 

Habló un poco de su hermano. Me firmó un libro que luego perdí por confusión y hormonas adolescentes. 

Volvimos a vernos meses después en algún evento mediado por mi viejo maestro Juan Carlos Suñén. Sólo se acordaba de las tripas y me dijo que tenía que hacer gimnasia, que era gordo. También mencionó que el País Vasco le estaba persiguiendo. No era algo político sino una personificación encarnada en un hombre con sombrero azul. 

Por entonces yo ya había aprendido que los dioses personales no existen, que el mundo es de barro. Pero le sigo leyendo con ganas, forma parte de una etapa de mi vida en la que se forja un carácter y un estilo. Aunque ahora ya no me vista con la ametralladora imaginista y simbólica porque necesito nuevas costas cuando algo me sale fácil. 

La obra de Leopoldo, a mi parecer, impacta por su estilo desgarrado y rompedor, pero también es la que menos evoluciona: una sucesión de imágenes descarnadas como de perro ciego que no sabe ni dónde tirar el diente. Sorprende que, siendo el más imprevisible en lo personal, sus poemas resultan los más previsibles y estables en, irónicamente, su propia inestabilidad. Por contra, la de Juan Luis , con tono más clásico, más asentado, alcanza unos niveles de dramatismo y hondura que parecen imposibles desde su atalaya clasicista.

Le confesaba a Antonio que, en mi opinión, los estudiosos del futuro considerarán a los Panero un fenómeno especial e irrepetible dentro de la literatura española del siglo XX, peninsular respecto a las diversas corrientes estilísticas de su época pero imposible de comprender si no es en conjunto complementario de toda esa familia, más allá de documentales. 

Quizá no sea una idea nueva ni original y lo haya leído en algún sitio que ya no recuerdo. Pero creo que algún día, alguien, debería realizar un buen ensayo sobre esta singularidad. Los Panero son un movimiento literario propio que expresa casi mejor que nadie lo que supone España. 

Hasta la próxima grabación y recordad que siempre hay algo bueno y malo en la Verdad... Todo el mundo tiene una. 

Buenas noches, Nueva Orleans. 

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