miércoles, 13 de junio de 2018

Relato: Plastilina

Me he animado, debido al éxito del anterior, a recuperar relatos que formaron parte del volumen "Montaña rusa". En esta ocasión, creo que era hora de resucitar el famoso "Plastilina", uno de los más celebrados. Publicado por primera vez en la recopilación coral "Frankenstein: diseccionando el mito", luchó por el desaparecido Premio Nocte de aquel año y obtuvo gran éxito de crítica y público en una antología llena de excelentes escritores.  Después formó parte de la propia "Montaña Rusa". Disfrutadlo, si os permite la televisión por cable.  


Plastilina

No haré un solo movimiento.
Sospecharían de mí.
«Psicosis».
                         
Todas las historias de amor resultan complicadas.
Suponen una lucha contra el aislamiento, contra uno mismo. Una contienda entre el bien y el mal en la que he vuelto a quedar vacío. Quizá para siempre.
Tenía claro que se enfadaría, pero jamás pensé que reaccionaría así.
Supuse que acabaría como en las películas románticas de la tele por cable, en las que todo se repara tras el conflicto. No es cierto; y el contraste lo hace peor. Lo convierte en la caída del niño solitario cuando descubre que sus muñecos no son más que trozos moldeados de plástico inerte: nunca pudieron compartir juegos, llantos o ilusiones. Suponían un recipiente para esperanzas, flores falsas de los bazares chinos sobre lápidas castigadas por la intemperie. Un corazón de porexpan quebrado. Un resto de cuenco sin valor arqueológico.

Mamá siempre la quiso más a ella; con razón. Yo representaba la estatua viviente del hombre que la abandonó con dos retoños y pocos recursos. No cabía comparación: soy torpe, desgarbado, salpicado de pecas. Mi hermana poseía la belleza enigmática y luminosa de una estrella de cine.
«¡Es una copia de Marilyn Monroe, pero con mis ojos azules! Será actriz. Llegará lejos. No como tú, inútil, todavía jugando con plastilina porque no sabes hacer otra cosa. No me extraña que no tengas amigos, ¿quién te querría a ti?».

Me castigaba si me demoraba demasiado en el baño porque seguro que hacía porquerías. Me ataba las muñecas al cabecero de la cama toda la noche. Pero lo que más temía era que me confiscara la plastilina que me regalaba mi hermana. La guardaba en algún lugar secreto porque se enorgullecía de no deshacerse nunca de nada: si algo se puede aprovechar, tirarlo es soberbia. En ocasiones, bajaba a la calle, tensa como el acecho de un zorro, para husmear entre los contenedores, aun desafiando a los peligros que acechan en las tinieblas de nuestra ciudad. Nuestro hogar era una amalgama de recuerdos desechados por otras familias.
Mi sueño era convertirme en un gran escultor. Crear estatuas tan perfectas, tan reales, que pareciesen vivas. Así, quizá mi madre podría entregarme una pequeña parte de su afecto. Practicaba con la plastilina, pero ella aplastaba las figuras cuando se enfadaba; demasiado a menudo, por cualquier cosa.

«¡Si no sirves para nada! Terminarás igual que tu padre, cantando borracho y consumido en algún sucio lugar de los muelles. ¡Ya puedes buscarte una mujer como mi niña! Si no, estarás más perdido que un colibrí en invierno. Sólo una mujer puede conseguir el verdadero milagro de engendrar una vida. ¡Yo he parido un ángel pero también un monstruo, un demonio de mente sucia!». En todos sus gestos adivinaba una burla, un desprecio hacia mis emociones, una evidencia renovada de que no estaba destinado a la paz y el placer de la existencia.

Sin embargo, mi hermana me salvaba. Me redimía. Conocía el escondite secreto de nuestra madre. No le resultaba complicado devolverme la plastilina. Me besaba en la frente. Me acunaba en su pecho. Dormía junto a mí, calmando unas lágrimas que humedecían su camisón de gasa como una tormenta de verano.
Hasta que, un día, no pudo consolarme más.
Sucedió una noche de junio. Su primera audición como actriz. Las bombillas carraspeaban con cada relámpago. Yo había invertido la tarde en configurar un Óscar de plastilina amarilla, un regalo de felicitación. Llamaron a la puerta. Supuse que habría perdido las llaves; le ocurría con frecuencia, pero mamá jamás la regañaba. Salí a recibirla, figura en mano.
Se trataba de dos policías que, con el uniforme empapado, no se preocuparon de que mi madre tomase asiento antes de arrojar sus noticias como antorchas sobre una cabaña. Se desplomó impávida, como una marioneta hueca.
En un mundo bueno, un joven adolescente nunca debería acudir a identificar un cuerpo sobre una camilla, en el interior de una bolsa impermeable, extraído de un congelador humeante. Violada. Golpeada. Abandonada en un soportal por alguna de las bandas callejeras que recorren las noches. Sus ojos, cerrados. Varios mechones de su pelo, arrancados. Le habían llenado el rostro de insultos escritos con rotulador permanente. Apestaba a productos químicos y deyecciones.
Lloré por última vez sobre aquella piel rígida de muñeca de plástico. Una flor de tela blanca castigada por la intemperie.
A mi regreso, mamá no quiso creerme. Sujetaba la efigie del falso premio de cine esculpido en aquel atardecer de ilusión truncada. Me esforcé por resultar cariñoso y responsable. Lo negó todo. Yo sólo era un inútil. Un simio incapaz. Seguía viva. Me había equivocado. No sabía hacer nada bien.
—¡No! —Grité, mientras la figura rezumaba en su puño cerrado igual que trozo de pan untado de aceite—. ¡Era ella!
Me golpeó con una foto de la mesilla. Un marco recogido de la calle, roto por las esquinas. Me lanzó al suelo de un empujón rabioso mientras presionaba la foto contra mi cara y el Óscar contra mi boca. Los ojos abiertos de mi hermana. La mirada de mi madre. La sonrisa de Marilyn Monroe.
—¡Discúlpate ahora mismo, desagradecido de mierda, que te he dado la vida! ¡Y discúlpate ante tu hermana! —ordenó, golpeándome la cabeza contra el suelo.
—¿Acaso me va a servir de algo pedirte perdón a ti? —respondí, forcejeando entre lágrimas—. ¿La va a devolver la vida que pida perdón a una madre chiflada o a una foto de un cadáver? ¡Nunca debiste dejarla salir sola tan tarde! ¡Este mundo es una mierda que se cae a cachos! ¡Una mierda!
—¡Cierra esa boca sucia o te la cierro! Esto es culpa tuya. ¡Todo es culpa tuya! ¡Deberías haber sido tú! ¡Monstruo! ¡Engendro! ¡Aborto!
—¿Quieres matarme? ¡Hazlo! ¡Deshazte de tu fallo! ¡Destruye toda tu obra en un solo día! Si todo es culpa mía, no pasa nada. ¡Me has arrojado un pozo de mierda!
—¡Calla bicho, demonio! ¡Eres malo! ¡Un hijo de Satanás!
—¿Quieres jugar con la vida y la muerte? ¡Venga! —Gemí, mientras hundía la plastilina contra mis labios, mi paladar, mi orgullo—. Satanás estaba acompañado… Yo estoy jodidamente solo en el infierno que has parido para mí.
Pasé la noche crucificado contra el cabecero y escupiendo grasa mientras la borrasca se derretía contra el cristal, con sus nubes lechosas reflejando la contaminación lumínica, burlándose de mi desgracia.

Abandoné los sueños de escultura profesional. Tuve que contentarme con un trabajo de mozo en un gran almacén. Vigilaba mercancías para devolución, escondía lo inservible lejos del público. Me consolaba lo aislado de aquella nave industrial: la jaula que me protegía de la gente, de los policías, del dolor y de mí mismo. No quería amigos ni necesitaba alguien que perder, o a quien hacer más daño.
Mamá se pasaba los días observando la foto, aún con restos de mis encías. Igual que robots con las pilas descargadas, nos habíamos convertido en dos fantasmas compartiendo la misma casa vacía pero en distinto limbo, invisibles el uno para el otro. Incapaz de volcar su rabia y frustración sobre otra vasija humana, la centraba en las cosas inanimadas. No volvió a dirigirme la palabra hasta el día de su muerte, siete años después de la tragedia. Su última orden, mientras me tiraba con violencia del pelo, fue que me buscase una mujer de bien como su niña.
Se despidió con un mechón sangrando entre los dedos.

Quise intentarlo; pero no existían mujeres como ella. Quizás no supe encontrarlas. Era como un pescador inexperto, sin carnada, no hubiera sabido qué hacer si hubiera picado una pieza. Nunca me ha gustado salir. La existencia tras el cristal me aterra. Resulta frío, lleno de miradas extrañas de recelo. Los edificios ocultan la muerte tras cada esquina. Ir al trabajo, al supermercado y comprar la plastilina en el bazar chino supone un agotador esfuerzo de autodeterminación.
De todos modos, vivía sumergido en una pena y una mortificación que mantenía alejados a los demás; y en especial a las mujeres. Si habitaba una existencia repleta de desprecio y de cadáveres en vidas miserables, ¿cómo no iban a despreciarme a mí, el más miserable de todos ellos? En ocasiones, me asaltaban pulsiones de muerte, de venganza, de odio y de propia destrucción. Me situaban al borde del abandono, a dejarme arrastrar por la corriente hacia un mar denso y de cenizas como fluye el humo de las altas chimeneas en esta ciudad con alma enferma. Si era desgraciado porque el mundo me había arrebatado la esperanza ¿por qué no odiarlo y que todos sus habitantes compartiesen mi desgracia? ¿Por qué no quemarlo bajo la tormenta y que pudiera renacer libre de dolor, de la perpetuación cancerígena del propio hombre?
A veces trataba de leer los pocos libros que había dejado atrás mi padre antes de esfumarse. Un poco de Milton, un poco de Bukowski, un poco de Palahniuk, un poco de nada. Mucho de aburrimiento. Lo que me gustaba de verdad eran las películas clásicas. Dentro de sus imágenes uno podía perderse, dejar de vivir detrás de un rostro atornillado, de las propias miserias. Aunque la televisión representase un lujo para los ricos, se había convertido en el único lazo de unión con la realidad.
El instalador del cable fue la primera persona que pasó por casa en cinco años. Sólo media hora. Un ratón grasiento, húmedo de lluvia y repleto de «piercings» que cascabeleaban con su risa. Mientras decoraba mi suelo con pisadas de barro no dejó de comentar lo buena que estaba «el pibón» de la foto sobre la repisa.
—¿Es tu chorva? —dijo señalando con el destornillador.
—Algo así. Supongo —mentí, mientras recordaba los besos de mi hermana bajo su camisón húmedo en otra noche de lluvia.
—Una foto no sustituye a las manitas, aunque estén muy frías de haber lavado los platos —dijo, entre carcajadas, mientras movía el puño rítmicamente, arriba y abajo—. Pero ¿para qué están las tías buenas si no? Es duro vivir esperando, ¿verdad?
»Bueno. Ya he terminado. Le explico cómo funciona. Tenga cuidado con el canal porno. No están los tiempos para derrochar. Mire, su primera película…
En la pantalla, iluminada por falsos relámpagos, una mujer repleta de costuras se alzaba de una mesa de laboratorio con ojos muy abiertos y perdidos mientras un científico gritaba «¡Está viva!» en blanco y negro.
Aquella escena no dejó de golpearme la mente. Me cambió la vida. Decidí aplicarme el consejo.
Dejé de buscar, de vivir solo.

La compuse con restos del almacén en el aniversario de su cumpleaños. Nadie la echaría de menos porque, hasta ese momento, no había nacido. Sólo eran pedazos acumulando polvo dentro de cajas. Un torso de pechos duros. Piernas de la sección de lencería, que en otros tiempos exhibían medias de marca pero que ahora mostraban las junturas. Manos articuladas de madera para estudiantes de Bellas Artes. Por último, una cabeza de facciones suaves, con la sonrisa borrada y los ojos azules de mi hermana. Reparé su calvicie con una peluca rubia de la sección de disfraces. La modelo publicitaria imitaba la pose de Marilyn Monroe.
Cruzó la puerta en mis brazos como los recién casados. Dormimos juntos. Por primera vez, descansé desde aquella noche de lluvia en la que identifiqué a mi hermana dentro de una bolsa rodeado de policías que me miraban con una mezcla de superioridad y prisa, de compasión y repugnancia.
Llevábamos vida sencilla, no necesitábamos más. A ella le gustaba sentarse a mirar películas en la televisión mientras yo modelaba con plastilina pequeñas caricaturas de ojos saltones. Los viernes, compraba comida en el restaurante chino cerca de casa. Un pequeño capricho. Aunque, si derrochaba en platos caros, sus ojos azules mostraban un destello cruel, familiar: un viento frío y pasajero, nada más.
Teníamos ciertas dificultades técnicas, es cierto. En ocasiones, se sentía frustrada por su carencia de expresión facial. Podía notarlo en su mirada de angustia reflejada dentro un bucle en el canal de suspense. Encontramos solución en poco tiempo. No había nada que no pudiera arreglarse con algo de plastilina, imaginación y destreza. Esculpí unos labios que fundían los de la fotografía de la repisa con aquellos que me besaban en la frente, desde las simas de mis recuerdos.
Al día siguiente, sin saber por qué, el mando a distancia se cayó varias veces al suelo. Supuse que se trataban de meras casualidades, pero en cada golpe siempre terminaba puesto el canal pornográfico. Me giré para mirarla, lleno de extrañeza, para terminar improvisando una sonrisa de picardía en su nueva boca. Teníamos también ese problema, sin duda. No obstante, al ser hueca por dentro, la solución llego por sí misma. Nada que no pudiera arreglarse con algo de plastilina, imaginación y destreza. Esculpí otros labios nuevos que fundían los que mostraba la televisión con aquellos que se trasparentaban bajo el camisón en las noches de verano, desde las simas de mis recuerdos. Hice el amor por primera vez. Fuimos felices. Durante un tiempo.

Todas las historias de sentimientos son complicadas. Una lucha contra el propio aislamiento que requiere esfuerzo ante uno mismo. Los destellos de su mirada se hacían, a ratos, más huraños. Dejaron de gustarle mis figuras de plastilina. No recuerdo si yo mismo las aplastaba, por amargura. Cada vez con mayor frecuencia, me veía improvisando un rictus de disgusto en todo su cuerpo. Leve, al principio. Violento y áspero, más tarde. No conseguía llegar a su interior. En ocasiones, recordaba tanto a mi madre que tuve que ponerle aquel marco entre sus dedos de junturas oxidadas.
En nuestro segundo aniversario, decidí arreglar las cosas. Al volver del trabajo, me detuve para comprar en el restaurante chino. Al fondo del local, varios jóvenes orientales, vestidos de traje negro, hablaban a gritos mientras bebían licor, golpeaban la mesa y afirmaban con la cabeza como un perrito de plástico con el cuello móvil.
No estaba el dependiente habitual, un viejo apergaminado con la camiseta llena de salpicaduras y la uña del meñique exageradamente larga y repleta de mugre. Una joven con sonrisa inquieta de labios finos recorría el mostrador como un pez recién llegado al acuario. Media melena lisa y ojos negros, brillantes de vida. Su voz de colibrí pedaleaba contra un idioma extranjero y agreste.
—Buena comida. ¿Come tú solo?
—Sí.
—Aunque triste, mejor come solo, a veces. Otras no.
—Supongo.
—Chico guapo —dijo, atusándose el cabello mientras me entregaba las bolsas del pedido—. Seguro tú no comerá solo mucho tiempo.

En casa, la discusión resultó más fuerte que nunca porque, al parecer, había comprado demasiada comida. No quiso acompañarme a la cama. Se quedó en el sofá, mirando la televisión con un ademán de ira que cincelé lleno de miedo. Proyectaban Extraños en un tren. Volví a convertirme en jarrón vacío; un pétalo de tela castigado por la intemperie sobre una tumba.
Comenzamos a reñir con frecuencia pareja a mis visitas al restaurante chino.

—Chico guapo. ¿Tú come hoy aquí?
—Sí. Solo.
—Tú no solo. Yo aquí contigo. También.
—Nunca me has dicho cómo te llamas.
Háo sī mín. Jasmín. Como té.
—Como la flor.
—Tú muy durse.
Desprendía una fragancia a primavera limpia, no el hedor de alcantarilla anegada que me acompañaba durante el regreso ni el de la fusión entre plástico y grasa con aroma artificial que me recibía, cada noche, con gesto torcido. Sus ojos rasgados suponían un manto de calidez frente aquellos azules y muertos en un hogar cada vez menos hogar, dispersos en el aire, alterando unos sueños en los que me tendía sobre un campo de jazmín.

Pasaron los meses. La chica sonriente se convirtió en un faro en la tempestad de mi vida. Me impulsaba a salir de casa. Ella también parecía mostrar interés por mí: siempre tenía preparado mi plato favorito y me hacía pequeños descuentos, regalos distintos a los de los otros clientes. De vez cuando, si no había mucha gente, me contaba cosas sobre su vida y sus ilusiones por estudiar pintura. Se encontraba sola en un país extraño donde muchos se burlaban de su forma de pronunciar. Me rozaba suavemente con sus dedos al entregarme la bolsa de la comida y yo procuraba colocarme el último en la cola de pedidos y así escuchar el aleteo de su voz durante unos minutos más.
—¿Chico guapo viene mañana?
—Yo creo que sí.
Entonse yo muy contenta.
Desde aquella noche, siempre encontraba una flor de jazmín en el interior de la bolsa.

El maniquí me resultaba cada día más pesado y denso, como si no fuera hueco. Un viernes de junio, cambiándolo de sitio, debí resbalar con un resto caído de plastilina. Salí de la inconsciencia para descubrir la madera de sus manos, parte del rostro y varios mechones de la peluca salpicados con mi sangre, aún reciente. Aturdido, compuse un gesto de ira sobre sus labios.

—¿Quién hase eso a ti?
—Nadie. Me he caído. Resbalado.
—Mucho daño por caerse.
—No es para tanto. No te preocupes.
—Tú sí me preocupa. Tú no debería sufrir.
Mientras esperaba el pedido, formé una flor de jazmín con algo de la plastilina que siempre llevo en el bolsillo. La dejé sobre la bandeja de la cuenta. Con el corazón de un adolescente que huye de su propio deseo, escapé a toda prisa sin decir palabra. La lluvia transformaba la calle en un espejo bajo la luz de las farolas. Escuché mi nombre, a lo lejos, a mi espalda. No quise mirar atrás. De nuevo, mi nombre; a saltos de colibrí; de zapatos planos y cabello lacio.

Cuando llegué a casa, apenas podía respirar por la carrera. Encontré a la muñeca vencida sobre la mesilla. Intenté enderezarla. No fui capaz. El rostro me ardía. Su mirada fija en la fotografía de mi hermana. No recordaba haber dejado la televisión encendida. Ponían Niebla en el alma. Una interpretación de Óscar. Toda la ira se derramó como la basura de una bolsa sobrecargada en un ascensor. La aticé con la compra aún caliente. Después, cogí aquel marco y comencé a ensañarme con la cara a golpes de autómata en un reloj de cuco, desconchando su barniz, sus facciones. Quería borrar aquella mirada azul. Lancé el retrato contra la pared. Se quebró como un jarrón barato. Me desplomé, llorando desfallecido.
En el exterior, arreciaba la tormenta. Sonó el timbre. Esa noche cumplía el aniversario de la muerte de mi hermana. Volvieron a llamar. El trayecto al recibidor transcurrió en un sueño. Me pesaba la ropa, empapada de lluvia. Temí encontrarme con un policía de antaño que me llevase a rastras ante un juguete roto de facciones orientales. La boca me sabía a grasa de plastilina. Volvieron a insistir. Un relámpago hizo carraspear las luces. Abrí la puerta.
Era Jazmín. Empapada. Temblando como un colibrí. La figura que le esculpí llenaba el hueco de su mano. Se lanzó, de puntillas, a mis brazos. Aplastamos la flor. Me besó en los labios. Estrechó contra mi pecho sus pechos pequeños. Mezclamos lágrimas y lluvia sobre su blusa de gasa. Mantuvimos el beso hasta que un trueno lo interrumpió.
—¿Tú deja entrar?
—No puedo. Es muy complicado.
—¿Tú vive con otra chica o no?
—Estoy enamorado de ti, de verdad. No quiero perderte.
—Entonces tú deja entrar. Tú dise todo.
La conduje al salón. Las presenté.
Se lo conté todo. Toda la rabia. Todo el dolor. La escultura de mi soledad. Se arrodilló junto a la muñeca, caída en el suelo como un títere quebrado. Bajé la vista, me centré en la punta mis pies, esperando un portazo entre los truenos. Pero sólo noté unos dedos finos y cálidos entre los míos. La miré. Sonreía. Me obligó a sentarme a su lado. Levantamos el maniquí. Jazmín cogió mi mano y la abrió. Colocó la palma en el centro de aquel pecho hueco.
—Tú dise adiós ahora. Mañana, tú y yo, tiramos pasado a basura. Ahora tú conmigo. Yo cuida a ti. Futuro.
Me despedí de aquella construcción con los ojos cerrados y un susurro de humildad. La tormenta había cesado. La tele estaba muda. Sólo quedaba la lluvia contra las ventanas y unos labios vivos, de nuevo, sobre los míos. Me tendió en la alfombra de un empujón suave. Se puso a horcajadas sobre mí. La figura cayó al suelo de un golpe seco, vencida por su peso. Me sobresalté. Pero Jazmín rió, calmándome, mientras dibujaba una sonrisa sobre mi boca. Al principio, con sus pulgares, después, con sus pezones. Por primera vez, hicimos el amor. Después, la llevé en brazos a mi cuarto como una pareja de recién casados. Durmió desnuda junto a mí.

Me levanté procurando no despertarla. Quería gritar de júbilo al mundo. Hacerle un regalo, sorprenderla con un desayuno. Al pasar junto al salón percibí de reojo la silueta del maniquí, caído entre las sombras: su peluca fosca ladeada en la cabeza calva. Por un momento, temí que mi felicidad hubiera sido un sueño, pero sólo se trataba de un viento frío y pasajero. Nada más.
Primero compré flores y, mientras esperaba en la cola del supermercado, saqué una del ramo y se la ofrecí a la niña de enfrente. Pendía del yugo de una madre que la reprendió por aceptar regalos de extraños lanzándome una mirada de furia. Mientras pagaba unos bollos calientes, ellas cruzaban las puertas automáticas. La pequeña se despedía con un gesto de la mano. Me pregunté cómo sería tener una hija.
Fuera me encontré la flor en el plato de un ciego que suele mendigar caridad para licor junto a la entrada.
Aun así, el mundo parecía diferente. Todo era como en las viejas películas de la televisión por cable donde los buenos siempre ganan, los monstruos se redimen, el amor prevalece y la justicia no representaba sólo un ideal. Sonreí. ¡Qué extraña cosa es la felicidad, una vez que ha penetrado en el corazón se aferra a él como el musgo a la roca!

Al regresar, llamé en voz alta a Jazmín. No hubo respuesta. El piso se asfixiaba en sombras. No se distinguía ningún bulto en el salón. Quizá la había bajado al contenedor. Volví a llamar. La pantalla del televisor, encendida: Matar a un ruiseñor. Su luz evidenciaba un arañazo sangrante, que recorría la tarima del pasillo. Apestaba a grasa y aromas artificiales. Los bollos fríos se mezclaron en el suelo con pétalos húmedos.
Entré en el dormitorio. El maniquí descansaba inmóvil a los pies de la cama. La peluca pendía de su oreja. Las pupilas azules se perdían en un mar de ira. Su pubis: un pozo vacío, de bordes irregulares.
Sobre el colchón, yacía Jazmín, con las muñecas atadas al cabecero. Golpeada. Herida. Varios mechones de su pelo arrancados. Los ojos, en blanco, fuera de sus cuencas en una grotesca caricatura. La fotografía de mi hermana imitando a Marilyn Monroe sobresalía por su boca, clavada en una masa de plastilina hundida por la tráquea hasta lo más profundo de su interior.
Lloré en su piel fría de muñeca de plástico; una flor de tela blanca castigada por la intemperie; un colibrí abatido. La liberé de sus ataduras y limpié aquel horrendo sacrificio. Cubrí su cuerpo pequeño con una sábana. Me despedí colocando la palma de la mano sobre su pecho inmóvil. Acababa de perder lo único que me importaba en este mundo.
Quemé aquel maniquí en la bañera. Se derritió igual que la lluvia contra los cristales. Esperaba gritos, pero se mantuvo muda, inerte, hueca.
Avisé a la policía: seguro que llevaban mucho tiempo esperando esa llamada. Me arrestarán. Me encerrarán por la muerte que he engendrado. Pero no importa, nunca me ha gustado salir. El mundo detrás de los barrotes me aterra, la gente me odia. Ir al trabajo, al supermercado y comprar la plastilina en el bazar chino supone un esfuerzo de autodeterminación, una lucha entre el bien y el mal contra el aislamiento, contra uno mismo. Resulta agotador.

Puede que me aten a una mesa de laboratorio, me alimenten con ácido intravenoso, me cubran de suturas o hagan pasar cientos de relámpagos por mi cuerpo incapaz de la vida. No me importa. Soy un cascarón vacío. Un corazón de porexpan quebrado. Un resto de cuenco sin valor arqueológico.

Nada es como en las viejas películas de la televisión por cable. 

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