miércoles, 21 de octubre de 2020

La calavera de Skeletor

Hace demasiado que no actualizo esta bitácora. Podría culpar a muchísimas cosas y no sería justo. En su tiempo, volcaba mi mundo personal en este espacio (también era mi página de escritor) y ahora, salvo pequeñas incursiones en alguna red social, lo guardo para mí. Ni siquiera he mencionado que publiqué un nuevo libro. No he subido ninguna reseña del anterior. Nada demasiado llamativo ni público. Lo suelo atesorar en una libreta Moleskine roja, tamaño cuaderno pequeño y en una agenda  diario de vida que, como bien decía una compañera de trabajo el otro día, siempre llevo conmigo a todas partes, siempre apuntando en ella. Dentro de poco cambiará el año y se verá sustituida por otra nueva. Ha dado un buen uso y merece descansar en un puesto de honor en la estantería de la creación literaria. 

Imagino que hay muchas maneras de volver. Tampoco es que lo tenga planeado. Quería recordar cómo era esto que con tanta pasión sostuve durante años, que luego fue borrado y nunca volvió a su costumbre de que, cada jueves o martes, apareciera alguna entrada, contra viento y marea. 

Es cierto que este dos mil veinte es un año muy extraño entre la pandemia, los confinamientos, las montañas rusas personales y la maravilla del crecimiento de mis hijos, y sumamos publicar nuevo libro en menos de dos semanas casi y de manera completamente inesperada. "Vestido de verde hacia Nunca Jamás", para mi sorpresa, está funcionando por el momento mejor que ninguno de sus predecesores.

Sucesos inesperados en un año inesperado, en el que tanto puede cambiar pero sigo a la espera activa de todo ello. 

Por cierto, me he tomado en serio lo de perder peso. 

Hace poco, me puse a mirar los juguetes favoritos de mis hijos. Si recordamos aquella saga de películas, Toy Story, me preguntaba cuál de ellos era su "Buddy": ese protagonista y amigo fiel más importante que el resto. 

El de Abraham es una mezcla entre dinosaurio y dragón de peluche (no consigo decantarme) de color azul índigo y con las placas dorsales triangulares de variado color alegre y chillón.  Le acompaña siempre a la hora de dormir y, en más de una ocasión, lo he tenido que salvar de algún peligro. Mi madre, que se lo regaló de muy, muy pequeño, hace bien poco le zurció una pata desmembrada por diente canino. Desde hace pocos días un peluche de Spiderman le quita algo el protagonismo. ¡Qué importante en mi vida es el hombre araña! Siempre termina apareciendo de una u otra forma. 

El de Flora es un conejito también de peluche que imita a uno normal aunque ha perdido parte de su relleno de manera misteriosa. Lo lleva allá donde duerme: su protector, su amigo, su ancla con lo mágico y, a su vez, con la realidad. Cuando, de madrugada, aparece como un fantasma con intención de meterse en mi cama (generalmente pegando la hebra durante un buen rato previo con sus preguntas locuaces que van desde los comportamientos de las diferentes super heroínas de los dibujos animados, pasando por mi vida sentimental y hasta la cantidad de tiempo que puede aguantar una ballena debajo del agua) lo lleva bajo el brazo. 

No permitiré que les ocurra nada ni a ellos ni a esos muñecos. Cuando lleguen a mi edad aún podrán recurrir a ellos. 

Lo que me lleva a reflexionar sobre mi Buddy, entre todos los que tuve. Mi colega preferido, inanimado pero más real que muchas otras cosas. Pensaréis que se trataba de un Mazinger Z, por mi poema más famoso. Pero jamás tuve uno, era el símbolo de mi primo, el "rosebud", el deseo jamás alcanzado. 

Mi amigo era él...



Se trataba de un Skeletor que me regaló mi abuela Flora en verano por haber sacado buenas notas en el cole, probablemente durante el mismo curso que ahora hacen mis niños. Irónico: un bicho feo (que decía mi otra abuela), musculoso cual practicante de culturismo, lo más alejado de mí forma física. También el malo de la película, cara de calavera fosforescente bajo una capucha y portando un báculo con cuernos de cabra, las manos en garras, los pies palmeados, un mecánico giro de cintura; mezcla entre guerrero y hechicero. Sin embargo, adoraba ese muñeco que, con la estupidez del paso a la adolescencia, quedó abandonado y perdido en el tiempo. Aquel "malvado señor de la destrucción" (como rezaba en la publicidad del embalaje) me escuchaba y me protegía del resto de monstruos en las esquinas oscuras, en los exámenes no preparados para sobresaliente. Soportó de todo por mi, desde sumergirse en la piscina, caer de un tobogán, o perderse en un pinar. Después, vinieron otros con pretensiones de Buzzlightyear, los Gi Joe, y también cohabitó desde el principio con los Kenner de La Guerra de las Galaxias. Pero ninguno como ese Skeletor primigenio y original, con el arnés de murciélago y sus pteruges morados. Sin olvidar la mitad de la Espada del Poder, unida a la parte que llevaba su contrapartida heroica, formaban la llave del Castillo de Grayskull, que contenía todos los secretos del Universo. 

Castillo que, por cierto, sí conservo aunque en absoluto intacto y me he prometido reparar cueste lo que cueste en los años que me quedan. 

Durante esta pandemia, aparte de escribir malos versos de amor y dolor, y sudar como un condenado debajo de un equipo de protección, en un momento en que sentí que cosas por las que había luchado y creído nunca tendrían fruto, y pasando miedo, mucho miedo, descubrí que habían sacado muchas figuras conmemorativas de los Masters del Universo y, de vez en cuando, compraba alguna que han ido quedando en cajas hasta ahora que me he decidido colocarlas en una estantería. No obstante, no eran como aquel amigo original, no tenían su espíritu, sino el mío de adulto. 

De pronto, en una conocida aplicación para objetos de segunda mano, vendían uno como aquel, un "vintage" (viejo pero molón) en un muy buen estado. Parecía mirarme desde el pasado feliz. Desde mi niñez. Lo compré sin pensar (y debo admitir que a un precio estupendamente bueno que ha generado envidias en grupos de entendidos). Está perfecto o casi. Cuando llegó el paquete, pensé que iría a la estantería como uno más de sus compañeros modernos. 

No fue así. 

Me recorrió una ola de electricidad y ternura, de maravilla inefable, de amor y recuerdos, de esperanza y deseo de ser mejor, de conseguir los sueños que aquel niño confesaba a ese muñeco. Porque quizá no era el mismo físicamente pero era el mismo, mi "Buddy" que había regresado a mi vida como un Amor de verdad. Era él, su mirada en esa cara de calavera verdosa pintada a mano en un tiempo en que las cadenas de juguetes eran más artesanales que ahora. Puro alma, el alma de entonces, había recibido un cuerpo vacío para que el espíritu de ese muñeco que, sin duda, siempre estuvo conmigo, pudiera meterse dentro y resucitar. 

Lo que se oculta bajo esa calavera de Skeletor, una de las preguntas frecuentes de mi hija, era de las escasas cosas auténticas que he encontrado en los últimos tiempos. El númen de mi juguete. Y caí, al mirarlo, que como ocurre con el busto de Lovecraft, eso auténtico y especial, inimitable: era yo mismo. Mi proyección. Mi primer pedazo de alma, como en cada persona que amo o poema que escribo. A veces con acierto, a veces con torpeza. Como el propio Skeletor. 

Ese es el secreto que esconde su calavera. El abismo del yo. El poder de la inocencia. Del amor. 

Hasta la próxima grabación y recordad que siempre hay algo bueno y malo en la Verdad: todo el mundo tiene una. 

Buenas noches, Nueva Orleans. 


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